31.8.06

Misiones, el agua y la selva

El tren avanzaba muy lentamente y los rostros de la mayoría de los pasajeros denotaban miedo y asombro. Al paso de la formación la vieja estructura de hierro del puente emitía unos sonidos que ponían muy nerviosos a todos. A pesar de que los ventiladores de nuestro vagón estaban encendidos, ahora el calor se sentía mucho más con las ventanillas de vidrio totalmente cerradas. Cuando habíamos salido de La Cruz el personal de seguridad a bordo del tren nos alertó sobre el riesgo que se avecinaba(La Cruz es una localidad ubicada en la provincia de Corrientes. Su nombre se remonta a la misión de Nuestra Señora de la Asunción de María de Acaraguá, fundada en 1630 por el sacerdote jesuita Cristóbal Altamirano en la confluencia de los ríos Uruguay y Acaraguá, hoy en territorio de la provincia de Misiones. Debido al hostigamiento de los bandeirantes paulistas, la ciudad fue trasladada a un nuevo lugar, al norte de la confluencia del río Uruguay con el arroyo Mbororé. Por esto se la llamó Nuestra Señora de la Asunción de María de Mbororé. En 1641 el ejército jesuita, integrado en su totalidad por aborígenes guaraníes, derrotó en ese lugar a los bandeirantes paulistas y puso fin a sus correrías en la región. Las familias se trasladaron hacia el sur, a la reducción de Nuestra Señora de los Santos Reyes de Yapeyú, donde permanecieron por un tiempo sin integrarse, identificándose a sí mismos como los de la Santa Cruz. En 1657 se instalaron en su sitio actual y procedieron a realizar la traza urbana siguiendo los lineamientos de los pueblos jesuítico-guaraníes aunque incorporando una muralla protectora contra los posibles ataques de los aborígenes yaros y charrúas. A la entrada se erigía una cruz recordatoria de la batalla de Mbororé, razón por la cual comenzó a designarse al pueblo La Cruz de Mbororé. Luego de la expulsión de los jesuitas, en 1767, empezó un proceso de decadencia que se agravó en 1817 cuando tropas brasileñas saquearon e incendiaron el poblado. Sus habitantes emigraron hacia la provincia de Entre Ríos. En 1830 regresaron al pueblo y se firmó un tratado con el gobierno de la provincia de Corrientes que reconocía la incorporación de ese territorio a dicha provincia -“Guía turística YPF”, Ed. San Telmo S.A., Bs. As., 1998-). Las vías del antiguo Ferrocarril General Urquiza atraviezan en esa zona el río Aguapey y sus bañados. Ahí existe un puente muy extenso que actualmente se encuentra en pésimas condiciones de mantenimiento. Y como si todo esto fuese poca cosa, allí estaban ellas: un inmenso enjambre de abejas que se habían apoderado desde hacía unos días de buena parte del mismo, y perturbadas por el paso de la formación, revoloteaban amenazadoramente y se agolpaban contra los vidrios del vagón. El día anterior habían picado al conductor de la locomotora y a algunos pasajeros. Recién volvimos a abrir las ventanillas cuando nos avisaron que el peligro había pasado, y entonces pudimos seguir apreciando el paisaje de la extensa llanura correntina. Estaba anocheciendo y sobre el horizonte se recortaba la figura del cerro Nazareno, de 185 metros de altura, único relieve que sobresale entre la inmensidad de bañados y esteros.Habíamos salido el lunes 31 de enero a las 22:30 y llevábamos casi veintiún horas de viaje. Aún nos quedaban siete para completar los 1.200 kilómetros que separan a la ciudad de Buenos Aires de Posadas, la capital de la provincia de Misiones. El Gran Capitán, el nombre con que la empresa Trenes Especiales Argentinos designaba a nuestro medio de transporte, avanzaba serpenteando rumbo al territorio misionero (Este servicio de trenes de pasajeros se restableció en 2004. Su cierre se había producido en los primeros años de la década de 1990 a raíz de los conflictos gremiales surgidos cuando desde el Estado Nacional se anunció el cierre de algunos ramales ferroviarios. Entonces se encaró un proceso de privatización que llevaría a la desestructuración de una de las redes de ferrocarriles más importantes de América Latina. La línea Urquiza fue concesionada y solamente continuaron circulando algunos trenes de carga. Las vías se fueron deteriorando lentamente debido a la falta de un mantenimiento adecuado. Nadie pareció preocuparse por el destino de las estaciones ferroviarias, las que fueron utilizadas para los más diversos fines: escuelas, museos, correos, viviendas particulares, etc. En algunos poblados, hoy convertidos en pueblos fantasmas, solamente han quedado sus ruinas. La única ciudad que aún conserva intacta su estación de ferrocarril es Urdinarrain, en la provincia de Entre Ríos). La madrugada del miércoles 2 de febrero marcó el final de la primera etapa. Cuando descendimos del tren pudimos leer “Municipalidad de Posadas” en un enorme cartel adherido en el frente de la estación de ferrocarril. Las sorpresas respecto de los usos edilicios parecían no tener fin.Habíamos viajado por la región mesopotámica (El nombre de Mesopotamia fue aplicado a la región por un médico y geógrafo de Francia llamado Martín de Moussy. Este había sido contratado por el general Justo José de Urquiza en el año 1860 para que, a través de sus estudios, diera a conocer nuestro país en el extranjero), a la cual pertenecen las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones. Dos poderosos ríos la enmarcan: el Uruguay en el este y el Paraná en el oeste. Toda esta zona fue cubierta por depósitos paleozoicos y cenozoicos lo mismo que las llanuras chaco-pampeanas, y esos depósitos formaron llanuras cuaternarias sobre el basamento cristalino del macizo de Brasilia, excepto en el territorio de Misiones y en el sector noroeste de Corrientes, los cuales son de constitución precámbrica (Se denomina período Precámbrico al período geológico anterior al Cámbrico, desde la formación de la corteza terrestre (hace 4.600 millones de años) hasta hace unos 600 millones de años. Predominaban en ese entonces las algas y los organismos invertebrados). El sistema orográfico denominado escudo brasileño, de relieve mesetario, es un manto rocoso que se plegó durante la era del Mesozoico y emergió en diferentes lugares de Sudamérica, como el sur de Brasil, la provincia de Misiones, Uruguay, el oeste del Paraguay y otros puntos aislados, como la isla Martín García, la costa del Pacífico en Chile, las sierras de Córdoba, etc. (La roca del escudo brasileño, a diferencia de la de la cordillera de los Andes, solidificó con extrema lentitud bajo la superficie terrestre, formando una microestructura llamada “cristalina”. Durante milenios, la agresión del viento, los cambios térmicos, la llanura y la selva la degradaron, transformándola en arcilla, el principal constituyente de la famosa tierra roja de las sierras misioneras. Las rocas de la cordillera de los Andes, en cambio, son de origen volcánico y solidificaron muy rápidamente al estar en contacto con el aire, formando una roca “amorfa” que, al degradarse, no produce arcilla. Por esto las tierras andinas son grises y ocres). Me desperté y miré a Nahuel. Estaba sentado a mi lado y dormía profundamente. El ómnibus avanzaba lentamente por la avenida y podía observar lo bien cuidado que estaban los espacios verdes de aquella ciudad. Me llamaba la atención el tipo de empedrado que tenían las calles, aunque luego esto pasaría a ser muy común en todos los pueblos que visitamos. Los trozos de roca partida se ubican en la calzada y luego, con la ayuda de un pesado rodillo, se las aplasta hasta encastrarse unas y otras formando una especie de pavimento muy sólido y por demás consistente. Nos encontrábamos en Oberá (Oberá es la segunda ciudad más poblada de Misiones y está situada en el centro-sur de la provincia. A partir de 1913 comenzaron a ingresar, desde Brasil, inmigrantes suecos, noruegos, españoles, franceses y portugueses. Luego de cruzar el río Uruguay, se establecieron definitivamente en esta área. En lengua aborigen, Oberá significa lo que brilla.La ciudad fue fundada oficialmente el 9 de julio de 1928 por Héctor Barreyro, gobernador del entonces Territorio Nacional de Misiones), ubicada sobre la ruta nacional 14. Habíamos recorrido casi 100 kilómetros desde Posadas. Cuando dejamos la ciudad estaba amaneciendo y el día se presentaba nublado. Una suave llovizna se descolgaba sobre las sierras, cubiertas en parte por una abundante flora nativa y forestaciones artificiales de pinos y eucaliptus. En algunas laderas y valles se destacaba una pujante agricultura. Ahora nos dirigíamos a San Vicente, distante otros 100 km.Las sierras misioneras corren en dirección suroeste-noreste y alcanzan una altura de entre 700 y 800 metros sobre el nivel del mar. Están conformadas por la sierra del Imán, al sur; la de Apóstolesal sudoeste; la serriña o sierrita de San José, de 243 kilómetros de longitud; la sierra de San José, sobre el arroyo Garupá; la de Misiones o Central, de 180 kilómetros de extensión y situada a manera de divisoria entre los ríos Uruguay y Paraná; la sierra de la Victoria, que se extiende desde la localidad de Bernardo de Irigoyen 70 km al noroeste en dirección hacia las cataratas de Iguazú; y, por último, otra menor paralela a ella, denominada sierra Morena.La ruta por la que transitábamos, la nacional 14, corre a lo largo de la sierra Central y llega hasta Bernardo de Irigoyen, constituyendo un importantísimo corredor para el Mercosur. A medida que avanzamos hacia el norte el tiempo fue mejorando. Atrás quedaron Campo Viera, Campo Grande, Aristóbulo del Valle y Dos de Mayo. A media mañana, cuando arribamos a San Vicente, brillaba el sol y el calor comenzaba a sentirse cada vez más. El clima de toda la región corresponde al del tipo cálido, subtropical sin estación seca, aunque suavizado por la altitud de las sierras, la existencia de bosques y selva nativa, y las precipitaciones (A pesar de que las lluvias deberían presentarse con mayor frecuencia, la provincia de Misiones estaba atravesando un período de sequía que en algunos sectores era considerado como muy grave. En 2004 se había registrado un déficit pluviométrico de entre 500 y 600 milímetros). En la estación terminal tomamos un colectivo local que, a juzgar por su estado sumamente deteriorado, tenía no menos de cuarenta años de uso. Era muy parecido a aquellos que nos muestran las películas en algún sitio de Colombia o el Caribe. Pero a su vez fue el medio que nos permitió estar en contacto directo con los habitantes de la zona y percibir sus vivencias, sus dificultades y la dureza que representa vivir en esos lugares tan inhóspitos. La ruta provincial 212 une San Vicente con El Soberbio y atraviesa un área con aserraderos esporádicos, plantaciones y secaderos de té y tabaco, extensas reforestaciones de pino y terrenos en los que se cultivan una gran variedad de pastos esenciales (El Soberbio es la Capital Nacional de las Esencias. En sus alrededores se cultiva una gran variedad de plantas esenciales como el cedrón, el citral y el geraniol, de las que se destilan esencias como el lemon gras y la citronela, destinadas en su mayoría a la exportación. Los aceites esenciales se extraen en forma industrial o artesanal usando alambiques particulares, aunque también existe una importante planta refinadora de esencias). Después de recorrer 49 kilómetros en una hora y media, de intentar comprender lo que conversaban muchos de los pasajeros (Al ser una zona fronteriza, el intercambio cultural con Brasil ha producido una mezcla idiomática entre el español y el portugués denominada portuñol, hablado por la gran mayoría de los habitantes), de detenernos infinidad de veces y de apreciar la arrogancia del paisaje, llegamos a la estación terminal de ómnibus de El Soberbio. Era casi medio día cuando arribamos al final de la segunda etapa de nuestro viaje. Habíamos dejado atrás aproximadamente 1.500 kilómetros en un lapso de treinta y siete horas.









El Soberbio y la selva circundante.

El Soberbio fue fundado el 23 de mayo de 1946 y poblado por inmigrantes alemanes, lusitanos e italianos, que originalmente habían llegado a Brasil luego de la Segunda Guerra Mundial. Es un poblado relativamente pequeño ubicado sobre el río Uruguay en un paisaje descripto como majestuoso, conformado por tres cadenas de sierras transversales y tres cuencas de arroyos: el Pepirí Miní, el Paraíso y el Soberbio y Chafariz.Acomodamos todas las mochilas en una pequeña habitación de la terminal de ómnibus que oficiaba de guarda equipajes y desde allí nos dirigimos a la Oficina Municipal de Turismo y a una agencia de viajes que habíamos divisado desde el colectivo. El objetivo principal era recabar información referida a la infraestructura de los sitios habilitados para acampar en la zona. También necesitábamos saber con certeza los horarios y el costo de las excursiones al Gran Salto del Moconá, nuestro objetivo principal (El Gran Salto del Moconá está ubicado 70 kilómetros al norte de El Soberbio, por un camino de tierra y piedras con profundas y marcadas pendientes, sólo recomendable para vehículos tipo 4x4. También se puede visitar remontando el río Uruguay en lancha o cruzando desde El Soberbio a Porto Soberbo (Brasil), desde donde se transita un camino costero hasta la gran cascada. Estas tres alternativas eran conocidas por nosotros al momento de planificar el viaje). Durante el almuerzo estudiamos las opciones de camping y aparentemente la mejor resultaba ser la del Camping El Plata, ubicado a cuatro kilómetros del pueblo, en plena selva misionera. El folleto que informaba su ubicación mencionaba además que poseía todos los servicios indispensables para acampar. Así que contratamos los servicios de un lugareño, quien por cinco dólares accedió a llevarnos hasta ese lugar en una maltrecha camioneta de los años sesenta. Si bien en un primer momento habíamos pensado hacer ese camino a pié, sin dudas la mejor decisión fue la de alquilar el vehículo. A medida que la camioneta avanzaba por el terreno nos dimos cuenta de lo difícil que nos hubiese resultado caminar por allí, sobre todo por la alta temperatura reinante.El paisaje que se nos presentó al llegar al camping resultaba absolutamente espléndido. Un arroyo de aguas cristalinas atravesaba mansamente el denso bosque que se extendía por las laderas de las sierras.Nuestro teléfono celular no tenía señal de antena y en las instalaciones del camping tampoco había teléfono. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que muchas veces la información que brindan los folletos turísticos no se condice con la realidad. Si bien el lugar tenía acceso a la red eléctrica, carecía de agua potable. Una pequeña bomba suministraba agua del arroyo a los sanitarios y a las duchas. En última instancia eso no nos alarmaba demasiado ya que había varias vertientes que manaban agua cristalina y era posible abastecerse en esos lugares. Era cuestión de potabilizarla a nuestro modo, agregándole cloro o hirviéndola antes de consumirla. Lo que sí nos preocupaba era la carencia de una proveeduría de alimentos. Como suponíamos que allí había una, no nos habíamos aprovisionado de comestibles. Inmenso error por confiar en la información de las cartillas turísticas. Solamente teníamos leche en polvo, yerba, azúcar, un paquete de arroz y algunos condimentos concentrados. En la cantina del lugar solo expendían bebidas frías, galletitas, fideos y picadillo de carne enlatado.Aproximadamente a dos kilómetros de donde nos encontrábamos se ubicaba otro camping, llamado El Sendero. Al día siguiente, jueves, decidimos con Mabi caminar hasta allí para verificar sus instalaciones. La idea era trasladarnos si la infraestructura era mejor que la del que nos encontrábamos. Grande fue nuestra decepción al comprobar que la situación era la misma. Lo que nos costaba entender era la inexistencia de una proveeduría, al menos con los insumos básicos que la gente normalmente puede llegar a consumir cuando se instala en carpas. De más está decir que regresamos con las manos vacías, razón por la que nuestro almuerzo hubo de limitarse a un arroz con salsa roja.El camino que recorrimos entre los dos lugares subía y bajaba por entre las sierras. Fuimos observando el teléfono celular y nos percatamos de que en algunos puntos existía la posibilidad de establecer comunicación. Así que esa tarde volvimos y pudimos efectuar una serie de llamadas, entre ellas al operador turístico que habíamos consultado en El Soberbio. Quedamos de acuerdo en hacer el trayecto hasta el Gran Salto del Moconá en un vehículo 4x4 y por el lado brasileño. Al día siguiente, bien temprano, nos pasarían a buscar para emprender la excursión.Si bien estábamos disfrutando muchísimo del paisaje, no dejaba de preocuparnos el tema de los alimentos. Nuestros hijos no tenían mayores problemas por este aspecto, ya que están acostumbrados a amoldarse a circunstancias como esta. Pero convengamos que si bien todos contábamos con la experiencia acumulada en campamentos anteriores, sabíamos que esta situación no podría extenderse por demasiado tiempo.

Rumbo al Parque Florestal Estadual do Turvo...

Una espesa niebla cubría toda la selva y sobre las hierbas se había acumulado muchísimo rocío. Nos habíamos levantado temprano para desayunar, preparar el equipo aligerado y dejar el campamento ordenado. En realidad era imposible imaginar como se iba a presentar el tiempo durante ese viernes. Pero independientemente de ello, el viaje no se suspendería.A las 07:20 hs llegó la camioneta. Luego de las presentaciones formales, nuestro guía, Rubén, nos invitó a subir al vehículo para emprender viaje hasta El Soberbio. Pasamos por la agencia de turismo y completamos unas planillas que luego deberían presentarse en la aduana. A las 08:00 hs subimos a la balsa que nos llevaría a Porto Soberbo, en la otra orilla del río Uruguay, en territorio brasileño (Las localidades de El Soberbio y Porto Soberbo se encuentran una enfrente de la otra. La distancia desde el embarcadero del lado argentino hasta el embarcadero del lado brasileño es cubierto por la balsa en aproximadamente diez minutos. En realidad se trata de un “planchón” remolcado por un pequeño bote a motor amarrado en uno de los laterales del mismo. A bordo ondean las banderas de ambos países). Cuando arribamos a la otra orilla ya había salido el sol y todo hacía prever que el día se presentaría muy caluroso. Después de descender de la balsa la camioneta avanzó unos doscientos metros y se detuvo en el edificio de la aduana brasileña. El guía nos indicó que permaneciésemos dentro del vehículo mientras él cumplimentaba los trámites correspondientes (Luego nos enteraríamos de que allí había surgido un pequeño inconveniente: en la agencia de viajes habían olvidado extenderle la correspondiente autorización para conducir el vehículo, que estaba a nombre de otra persona. Por esta razón el personal de migraciones no le permitía el ingreso a Brasil. La habilidad del guía, unida a la buena predisposición del oficial de aduana, hizo que el problema se solucionara en no más de dos minutos. Independientemente de los argumentos esgrimidos – no era la primera vez que esta persona llevaba turistas a los saltos –, el hecho puso de manifiesto la vulnerabilidad de los controles que muchas veces se efectúan en los pasos fronterizos. A nosotros ni siquiera nos solicitaron los documentos que acreditaban nuestra identidad...).



A bordo de la balsa, cruzando el río Uruguay, rumbo a Porto Soberbo (Brasil).

A las 08:45 hs dejábamos Porto Soberbo y comenzábamos a transitar las ricas tierras del estado de Rio Grande do Sul. En toda esta zona el gobierno del vecino país llevó a cabo exitosas experiencias de colonización a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX (La experiencia inmigratoria puesta en marcha en Argentina en esa misma época, fue una copia del modelo iniciado por Brasil. Algunos colonos que arribaron a nuestro país lo hicieron accidentalmente, ya que su destino final eran aquellas tierras. Este es el caso de muchas familias de alemanes del Volga que debieron dirigirse al puerto de Buenos Aires cuando no se les permitió el desembarco en Brasil a raíz de un fuerte brote de fiebre amarilla y cólera en la región). Los descendientes de aquellos primeros colonos europeos aún mantienen vivas muchas de las tradiciones que sus ancestros trajeron de aquellas tierras. Polacos, alemanes, suecos, noruegos, franceses y españoles se afincaron en toda la región. Esperança do Sul sorprende al visitante con sus viviendas perfectamente pintadas, los jardines cubiertos de flores, su fábrica de “carros polacos” y la limpieza de sus calles.La variedad de nacionalidades también trajo aparejada la pluralidad de cultos, hecho que se pone de manifiesto en la existencia de un número considerable de iglesias y capillas esparcidas por toda la comarca. Muchas de ellas han quedado solitariamente perdidas en el medio del campo, aunque no por ello abandonadas. Muy por el contrario, casi todas se encuentran en perfecto estado de conservación.A la salida de Esperança do Sul el camino se bifurcaba. Allí se acababa el pavimento. A la derecha la ruta se dirigía a Três Passos; nosotros giramos a la izquierda, rumbo a Derrubadas. Por todos lados se notaba una intensa actividad agrícola, y la presencia de pequeñas parcelas descubría el uso intenso del suelo.La camioneta trepó por entre las sierras durante varios kilómetros, y la salida de cada curva nos deparaba una nueva sorpresa. El cultivo de soja llegaba hasta el borde mismo de la calzada. No existen cercas ni alambrados. Solamente la cima de las sierras de mayor altura conservan algo de la vegetación selvática original. Unas cruces que sobresalían entre el cultivo de soja constituían el signo más evidente del aprovechamiento del espacio al máximo. Ni siquiera el pequeño cementerio pudo detener a las sembradoras. Más adelante un camión cisterna, perteneciente a la transnacional Sadia, se encargaba de recoger la leche de los tambos familiares. A la entrada de cada chacra, en un cartel colocado por la misma empresa, figuraba su logotipo. Más abajo se leía el nombre y apellido del propietario del campo. La mayoría de los agricultores están nucleados en cooperativas, sistema que funciona y está ampliamente difundido en toda la zona.Más adelante pasamos cerca de las localidades de Padre Gonzalez y Tenente Portela. Habíamos alcanzado la parte más alta de la serranía. Desde allí comenzaríamos a descender lentamente hacia el valle del río Turvo.



Una hermosa vista del valle del río Turvo, camino a los saltos. En el fondo se aprecia el serpenteante camino que seguimos.

A medida que avanzábamos la temperatura ambiente iba en aumento. Si bien la camioneta contaba con aire acondicionado, habíamos optado por viajar con las ventanillas bajas. Solamente las cerrábamos cuando superábamos algún vehículo para que no entrase el polvo que levantaba.Antes de mediodía llegamos a Derrubadas. El Salto do Yucumã (el mismo al que nosotros llamamos Moconá) se encontraba a poco más de veinte kilómetros de distancia.Gran parte del territorio por el que habíamos pasado, incluidas las localidades de Esperança do Sul, Padre Gonzalez y Derrubadas, se encuentra dentro del Parque Estadual do Turvo. El mismo abarca una extensión de 40.600 hectáreas (Gran parte de los campos cultivados se hallan dentro de la jurisdicción del Parque. Con excepción de las parcelas que ya están dedicadas a las actividades agrícolas y ganaderas, el desmonte de nuevos terrenos está prohibido. El parque fue creado para conservar lo que constituye una región de transición entre los campos generales y las áreas de formación de depresiones de las costas del río Uruguay). Nos detuvimos a la entrada del pueblo para tomarnos una fotografía debajo de un arco adornado con una escenografía que imita tres gigantescos árboles. Luego nos dirigimos a un restaurante donde coordinamos la hora para almorzar (como Brasil tenía diferencia horaria y estaban una hora adelantados con respecto a nosotros, iríamos primero hasta los saltos y almorzaríamos de regreso). Hacía muchísimo calor y por las calles de Derrubadas caminaba poca gente. La plaza estaba muy bien cuidada y al borde de la calle principal sobresalían el edificio de la municipalidad, la delegación policial, el correo, la iglesia y la oficina de turismo. Aproximadamente 500 km la separan de la capital del Estado de Rio Grande do Sul, Porto Alegre, y su población apenas supera los 4.000 habitantes. Si bien en nuestro equipo aligerado teníamos dos caramañolas con agua, tomamos la precaución de comprar algunas botellas de agua mineral. Además llevábamos el equipo de mate y galletitas que también habíamos adquirido en el restaurante.Después de andar unos cuatro kilómetros llegamos a la entrada del Parque Florestal Estadual do Turvo, reserva estricta de la selva y portal de acceso al Salto do Yucumã. Es importante destacar que el Parque “Florestal” cubre un área de 17.500 hectáreas, insertas dentro de las 40.600 hectáreas de extensión del Parque Estadual do Turvo. El Parque Provincial Moconá, en Misiones, abarca 1.000 hectáreas dentro de la Reserva de Biósfera Yabotí, de 223.000 hectáreas.
(Se puede consultar www.yucuma.com.br).





El río Uruguay parece derramarse sobre sí mismo...

Resulta sorprendente observar como el cultivo de soja llega hasta los límites del Parque Florestal. Una vez registrados en la sede de guardaparques, emprendimos el recorrido final que nos llevaría hasta el salto. Son aproximadamente 15 km de distancia por un camino que se abre paso entre la selva virgen. Durante el transcurso es posible observar la magnificencia de la flora y fauna del lugar, donde la observación de animales dependerá de la dosis de buena suerte que se tenga ese día. Mabi y los chicos optaron por viajar en la parte descubierta de la camioneta. Querían disfrutar a pleno el maravilloso paisaje selvático.Este lugar constituye el hábitat de numerosas especies que se encuentran en peligro de extinción, como es el caso del anta y la onça pintada (El anta es un cérvido muy similar al alce, y en Brasil denominan onça pintada al jaguar, o jaguareté. En Misiones y gran parte de nuestro país es muy común que lo llamen simplemente tigre. Pero ese apodo es usado también por muchos lugareños para referirse al puma, que también habita en la zona). El parque alberga más de 400 especies de aves, alrededor de 2.000 especies vegetales y un inmenso mundo de insectos, lo que hace de este bioma un ambiente natural muy rico. A medida que nos internábamos sentíamos mucho más calor y podíamos percibir perfectamente el aumento de la humedad (Recordemos que el clima es cálido, con temperaturas medias de 15°C en invierno y de 26°C en enero, y una humedad relativa que varía entre 75% y 90%. Las lluvias, con un promedio de 2.000 mm anuales, son provocadas por los vientos que provienen del Océano Atlántico). La vegetación es tan densa y enmarañada que no permite ver más allá de unos pocos metros (Esta selva se caracteriza por seis estratos perfectamente identificables entre el suelo y la copa de los árboles más altos: el estrato de los árboles gigantes o emergentes; el estrato de los árboles grandes; el de los árboles medianos; un estrato intermedio; uno arbustivo y uno herbáceo). Nos detuvimos en varias oportunidades para escuchar los sonidos provenientes de la espesura.El camino va descendiendo lentamente hacia la costa del río Uruguay y termina en un espacio abierto en la selva donde se estaciona el vehículo. Existen unos quinchos bien amplios y algunas mesas y bancos dispuestos debajo de los mismos. Aunque todavía se está a más de quinientos metros de distancia de los saltos, el ruido que produce el agua al caer es perfectamente audible desde ese lugar. De más está decir que la ansiedad nos invadía. Escuchábamos el ruido, pero la vegetación aún ocultaba la escena.Comenzamos la caminata por un estrecho sendero a través de la selva. Después de andar unos trescientos metros la capa de tierra superficial dejó paso a la roca. La vegetación disminuyó abruptamente y tuvimos que andar con muchísimo cuidado entre las piedras que estaban disgregadas por todos lados. El ruido se acrecentó y de pronto, frente a nosotros y a unos doscientos metros de distancia, apareció el espectáculo tan esperado: el magnífico Salto do Yucumã.


Llegamos hasta el borde mismo del canal y la vista fue realmente espectacular. Parecía un capricho del río Uruguay: se derramaba sobre sí mismo. Y es que aguas arriba, antes de llegar a este sitio, el caudal se divide en dos brazos paralelos. Uno sigue el declive natural del terreno, mientras el otro corre por una formación rocosa que lo va dejando cada vez a mayor altura con respecto al primero. Finalmente, las aguas se juntan: el brazo superior se vuelca sobre el inferior en una enorme cascada de 5 a 15 metros de altura y casi dos kilómetros de extensión.Estos singulares saltos, que caen paralelos al río, producen sonidos diferentes que brotan entre la bruma, en la que revolotean muchísimas mariposas multicolores. Las aguas del Uruguay discurren con inusitada violencia por el canal, cuya profundidad oscila entre los 90 y 120 metros.

Primero nos dirigimos en la dirección que sigue la corriente, observando en detalle las formaciones rocosas que acompañan la enorme falla geológica por la que se desliza el río. Más adelante hallamos los restos de un anta, que seguramente había sido cazado por un puma o un jaguareté la noche anterior. El felino lo atrapó en la selva y luego lo arrastró hasta ese sitio para devorarlo con tranquilidad. Las aves de rapiña y las hormigas se estaban encargando de lo poco que había quedado adherido a los huesos.Pudimos divisar que por el lado argentino una persona caminaba en dirección a los saltos. Cuando llegó a la orilla nos saludó agitando una mano. Era uno de los guardias del Parque Provincial Moconá y conocía a nuestro guía. Como las aguas estaban muy bajas le resultó muy fácil llegar hasta el borde de la caída (cuando se producen grandes lluvias y las aguas del río Uruguay aumentan de nivel, los saltos pierden altura. No es extraño que en muchas oportunidades lleguen incluso a desaparecer bajo las aguas. Cuando se presenta esta situación, lo único que se observa es un río muy ancho corriendo mansamente por un gran valle fluvial. La cantidad de lluvias en la Sierra do Mar -en Brasil-, región donde nace el río Uruguay, es uno de los factores más importantes que hay que tener en cuenta cuando se planifica un viaje a los saltos). Una vez que alcanzamos el extremo sur del salto, volvimos sobre nuestros pasos para dirigirnos hasta donde comienza el mismo. Después de andar unos dos kilómetros observando en detalle las incontables cascadas y refrescándonos con la bruma que el viento levantaba de ellas, llegamos, siempre por la orilla del río, hasta un lugar en el que, según las indicaciones de Oscar, era posible ingresar al mismo. Allí la anchura superaba los doscientos metros y el comienzo del desnivel que originaba el salto era visible a unos cien metros río adentro. Nos introdujimos en sus aguas y comprobamos que la profundidad no superaba el medio metro. Podíamos observar que el lecho erarocoso y estaba cubierto de algas de color verde muy oscuro. El calor era sofocante, razón más que valedera para que nos diésemos un buen chapuzón. Podíamos observar cómo los dorados saltaban fuera del agua intentando oponer resistencia a la fuerza que los impulsaba a caer por alguna de las cascadas.

Luego de tomar mate, a las 14:30 hora local, emprendimos el regreso. Habíamos permanecido dos horas y media en el lugar. Para llegar hasta el claro donde estaba el vehículo volvimos por un sendero distinto, mucho más difícil que por el que habíamos bajado hasta el río. En determinado momento nos detuvimos a observar el enorme tamaño de las hormigas. Eran de color negro, medían casi tres centímetros y se mostraban muy amenazadoras cuando las tocábamos con una ramita. Inmediatamente pensamos en la enorme variedad de insectos que se esconderían en esa inmensa selva. Por otro lado nos llamaba la atención la total inexistencia de mosquitos, tábanos y jejenes. Recordábamos nuestro viaje a la Pampa de Achala, en Córdoba, y le comentábamos a Oscar que allí había tábanos durante el día y mosquitos al atardecer. Parecía paradójica su existencia a 2300 metros de altura. La lógica indicaba que el ecosistema en el que nos encontrábamos constituía el hábitat ideal para esas especies, y no aquel que se presentaba en las sierras pampeanas.Ya de regreso nos detuvimos a almorzar en Derrubadas. Nos sentimos muy a gusto en aquel restaurante, donde pudimos saborear una gran variedad de comidas típicas regionales. A las 15.45 tomamos el camino de regreso. Oscar apuró la marcha porque a las 17:00 hs salía la última balsa desde Porto Soberbo.Unos kilómetros más adelante de Esperança do Sul, donde la ruta ya está pavimentada, la presencia de unos nubarrones densos y oscuros preanunciaron la lluvia torrencial que luego se descargó sobre nosotros. Duró unos pocos minutos y luego brilló nuevamente el sol. Entonces pudimos apreciar cómo el agua de la lluvia se evaporaba por la acción de la elevada temperatura que tenía el asfalto de la ruta.A la entrada de Porto Soberbo nos detuvimos en un mirador desde el que se tiene una bellísima panorámica de la margen derecha del río Uruguay, que corresponde a la Argentina, y sobre la que se encuentra la localidad de El Soberbio. Rápidamente tomamos algunas fotografías y luego continuamos descendiendo hasta el puerto, al que llegamos apenas tres minutos antes de la partida de la balsa.Estábamos muy contentos porque habíamos superado con creces todas nuestras expectativas. Cumplimos en tiempo y forma el itinerario para alcanzar el objetivo deseado y ampliamos muchísimo los conocimientos geográficos e históricos de esa particular región brasileña tan emparentada con nuestro territorio.

Durante el viaje de regreso de territorio brasileño habíamos comentado a Oscar el problema que se nos había presentado por la falta de provisiones en el lugar donde estábamos acampando (en el medio de la selva, en el Camping El Prata). Si bien aprovechamos la oportunidad para detenernos y comprar algunas provisiones en un supermercado de El Soberbio, acordamos que al día siguiente nos pasaría a buscar para trasladarnos al Camping “Brisas del Moconá”, en El Soberbio.El sábado amaneció espléndido y a las 09:00 a.m. Oscar nos pasó a buscar. Cargamos todo el equipo en un pequeño jeep Maruti 4x4 y una hora y media después teníamos armada la carpa y acomodadas todas las pertenencias en el nuevo lugar. Había poquísima gente acampando y la infraestructura era muy distinta a la del camping El Prata. Pero creo que hay que tener muy en cuenta la ubicación espacial de uno y otro para poder comprender las diferencias existentes. El Prata estaba en el medio de la selva y este en el medio del pueblo, razón más que suficiente para que casi todo resultara absolutamente opuesto. Un enorme quincho con techo de paja a dos aguas, debajo del cual se disponían varias mesas y bancos de madera, estaba a entera disposición de los acampantes. Lo mismo que una cocina a gas, una gran variedad de ollas, sartenes y fuentes, un freezer para guardar alimentos y bebidas, una parrilla de buenas dimensiones y la siempre amable predisposición de Mario, su dueño, para solucionar cualquier contratiempo. De más está decir que contaba con agua potable, electricidad, sanitarios y duchas en muy buenas condiciones.Desde el predio del camping, ubicado en una barranca, se tenía una excelente vista del río Uruguay y la costa brasileña. Un camino descendía hasta la orilla, donde había una rampa de cemento que se utilizaba para bajar embarcaciones náuticas, y una pequeña playa cubierta de rocas. La gente aprovechaba para bañarse en ese sector debido a la poca profundidad de las aguas.Disfrutamos de ese sitio durante los siguientes dos días y medio. Pasábamos muchas horas simplemente descansando, tomando mate, escuchando radio o yendo a caminar por el pueblo. Llamó mucho nuestra atención el incesante cruce del río que algunos niños hacían en pequeños botes llevando vaya a saber que tipo de mercadería. Este tránsito comenzaba muy temprano y solía extenderse hasta altas horas de la noche. Incluso pudimos observar a familias enteras utilizando ese medio de transporte en lugar de hacerlo por los lugares legalmente habilitados. De hecho, es muy probable que la ilegalidad residiera precisamente en la falta de documentación que acreditase la identidad de alguno de sus miembros. Tampoco había que descartar la existencia de alguna actividad que pudiese estar al margen de las leyes argentinas y brasileñas, ya que el contrabando es moneda corriente en la zona.El lunes nos dedicamos a hacer algunas llamadas telefónicas a nuestros familiares y amigos y luego nos dirigimos al supermercado, donde adquirimos provisiones para los próximos tres días.La idea era comenzar a desandar el camino al día siguiente, y el primer punto de interés que tocaríamos sería el Parque Provincial Salto Encantado. Este se encuentra 12 kilómetros antes de llegar a la ciudad de Aristóbulo del Valle. A ese trayecto, de casi 100 kilómetros, lo haríamos en un ómnibus de larga distancia.


Aquí estamos con mi esposa en el Camping Brisas del Moconá. Todo el equipo ya está preparado para continuar el viaje.
Hacé click en "Parque Provincial Salto Encantado" para seguir nuestro itinerario...