31.8.06

Durante el viaje de regreso de territorio brasileño habíamos comentado a Oscar el problema que se nos había presentado por la falta de provisiones en el lugar donde estábamos acampando (en el medio de la selva, en el Camping El Prata). Si bien aprovechamos la oportunidad para detenernos y comprar algunas provisiones en un supermercado de El Soberbio, acordamos que al día siguiente nos pasaría a buscar para trasladarnos al Camping “Brisas del Moconá”, en El Soberbio.El sábado amaneció espléndido y a las 09:00 a.m. Oscar nos pasó a buscar. Cargamos todo el equipo en un pequeño jeep Maruti 4x4 y una hora y media después teníamos armada la carpa y acomodadas todas las pertenencias en el nuevo lugar. Había poquísima gente acampando y la infraestructura era muy distinta a la del camping El Prata. Pero creo que hay que tener muy en cuenta la ubicación espacial de uno y otro para poder comprender las diferencias existentes. El Prata estaba en el medio de la selva y este en el medio del pueblo, razón más que suficiente para que casi todo resultara absolutamente opuesto. Un enorme quincho con techo de paja a dos aguas, debajo del cual se disponían varias mesas y bancos de madera, estaba a entera disposición de los acampantes. Lo mismo que una cocina a gas, una gran variedad de ollas, sartenes y fuentes, un freezer para guardar alimentos y bebidas, una parrilla de buenas dimensiones y la siempre amable predisposición de Mario, su dueño, para solucionar cualquier contratiempo. De más está decir que contaba con agua potable, electricidad, sanitarios y duchas en muy buenas condiciones.Desde el predio del camping, ubicado en una barranca, se tenía una excelente vista del río Uruguay y la costa brasileña. Un camino descendía hasta la orilla, donde había una rampa de cemento que se utilizaba para bajar embarcaciones náuticas, y una pequeña playa cubierta de rocas. La gente aprovechaba para bañarse en ese sector debido a la poca profundidad de las aguas.Disfrutamos de ese sitio durante los siguientes dos días y medio. Pasábamos muchas horas simplemente descansando, tomando mate, escuchando radio o yendo a caminar por el pueblo. Llamó mucho nuestra atención el incesante cruce del río que algunos niños hacían en pequeños botes llevando vaya a saber que tipo de mercadería. Este tránsito comenzaba muy temprano y solía extenderse hasta altas horas de la noche. Incluso pudimos observar a familias enteras utilizando ese medio de transporte en lugar de hacerlo por los lugares legalmente habilitados. De hecho, es muy probable que la ilegalidad residiera precisamente en la falta de documentación que acreditase la identidad de alguno de sus miembros. Tampoco había que descartar la existencia de alguna actividad que pudiese estar al margen de las leyes argentinas y brasileñas, ya que el contrabando es moneda corriente en la zona.El lunes nos dedicamos a hacer algunas llamadas telefónicas a nuestros familiares y amigos y luego nos dirigimos al supermercado, donde adquirimos provisiones para los próximos tres días.La idea era comenzar a desandar el camino al día siguiente, y el primer punto de interés que tocaríamos sería el Parque Provincial Salto Encantado. Este se encuentra 12 kilómetros antes de llegar a la ciudad de Aristóbulo del Valle. A ese trayecto, de casi 100 kilómetros, lo haríamos en un ómnibus de larga distancia.

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